El Presidente de México Andrés Manuel López Obrador en una conferencia de prensa en la Ciudad de México, Junio 2019
Francisco Canedo / Xinhua / Redux

El Presidente de Estados Unidos, Joseph R. Biden, ha prometido un regreso a la normalidad diplomática en vez de la locura personal, al multilateralismo en vez del unilateralismo, y a una política exterior realizada mediante los canales institucionalizados en lugar de Twitter. La mayoría de los gobiernos extranjeros han recibido el cambio con alivio, pero el aplauso no ha sido unánime. Algunos países se beneficiaron de la falta de compromiso o escrutinio durante el mandato del expresidente Donald Trump. México, en particular, parece dispuesto a recibir la agenda de Biden con el puño en alto, no con los brazos abiertos.

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Ya sea por pragmatismo político o por temor genuino, el Presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, cultivó vínculos estrechos con Trump y accedió a las demandas estadounidenses de renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y controlar la inmigración. A cambio, Trump hizo la vista gorda ante el surgimiento de un régimen populista autoritario que comenzó a renegar de muchos de los compromisos que había asumido como socio norteamericano.

Ahora, López Obrador no oculta su deseo de pelear con Biden. Se negó a felicitar oportunamente al Presidente electo y luego envió una nota congratulatoria tardía y fría que contrastaba sin duda con la efusiva carta que le escribió a Trump en 2016. Aprobó una ley que impone restricciones a los agentes extranjeros que operan en México, incluidos los de la Agencia Central de Inteligencia, la Agencia Federal Antidrogas (DEA) y el Buró Federal de Investigaciones. Dio marcha atrás a la reforma energética, que realizó su predecesor para alentar la inversión extranjera, lo que augura un retorno a una política energética dominada por monopolios estatales. Y aludió a la posibilidad de dar por terminada la Iniciativa Mérida de seguridad bilateral. En caso de que estas medidas no envíen un mensaje suficientemente directo, el Presidente mexicano ofreció asilo político a Julian Assange, se negó a condenar la violencia que los partidarios de Trump desataron en el Capitolio, criticó a Facebook y Twitter por “censurar” a Trump e invitó al Presidente ruso, Vladimir Putin, a visitar México. Claramente, López Obrador está preparando el escenario para el enfrentamiento con el nuevo gobierno en la Casa Blanca.

La agitación en la relación bilateral con México pasa inadvertida para el equipo de Biden y no encabeza su lista de prioridades. Pero un retorno a la situación antes del TLCAN, cuando los conflictos y la distancia prevalecían sobre la cooperación, podría retrasar muchos de los objetivos que el gobierno de Biden considera vitales. Estados Unidos necesita la cooperación mexicana en materia de seguridad, política comercial y lucha contra la pandemia de covid-19. Tampoco puede permitirse un México cuya democracia retrocede, que se niega a ver el cambio climático como una amenaza existencial o que no logra controlar una pandemia que no respeta fronteras. Parecería que el Presidente de México busca un enfrentamiento y Washington no debe esperar a que los riesgos se conviertan en hechos que pongan en riesgo la contención de la pandemia y la recuperación de los trastornos que ha provocado.

UNA ALIANZA IMPÍA

El gobierno de Trump descuidó la mayoría de los asuntos latinoamericanos, ejerció mano dura en Cuba y Venezuela, y se obsesionó con la inmigración y la frontera con México. Durante su campaña presidencial y durante su mandato, Trump usó a México como una “piñata política” con la intención de irritar a su base electoral: los mexicanos eran “violadores” y “criminales”, a Estados Unidos lo asediaban caravanas de inmigrantes ilegales y el TLCAN era un mal acuerdo que debía renegociarse para defender los intereses estadounidenses. Estos temas recurrentes se tradujeron en políticas, como la construcción de un muro en partes de la frontera común, que pusieron a México a la defensiva debido a la asimetría de la relación.

López Obrador decidió lidiar con la imprevisibilidad de Trump siguiendo una calculada política de apaciguamiento. Como candidato a la presidencia en 2018, criticó fuertemente la posición contraria a los mexicanos y a la inmigración de Trump, e incluso publicó un libro llamado Oye, Trump. Pero una vez en el cargo, cambió y forjó una alianza pragmática con el hombre que antes denunciaba. Cuando Trump intensificó su retórica antinmigración y amenazó con imponer aranceles a las exportaciones mexicanas, López Obrador comenzó a tomar medidas drásticas contra los centroamericanos, a quienes en un principio había dado la bienvenida y prometido un tránsito seguro.

Trump había reiterado que México terminaría pagando el muro fronterizo; de hecho, México se convirtió en el muro. El gobierno mexicano dio a los inmigrantes un trato que sus políticos a menudo habían denunciado, al desplegar la Guardia Nacional recién formada y militarizada para perseguirlos y deportarlos.

López Obrador forjó un entendimiento con Trump en el que México aceptó todas las demandas, hizo múltiples concesiones y adoptó políticas migratorias que antes consideraba inaceptables. El gobierno mexicano permitió a Estados Unidos imponer unilateralmente su programa “Permanecer en México”, oficialmente conocido como Protocolos de Protección al Migrante, conforme a la cual los inmigrantes que presentaban solicitud de asilo en Estados Unidos eran deportados al otro lado de la frontera para esperar por tiempo indefinido, a pesar de que México era incapaz de brindar seguridad a su propia población, y mucho menos a los inmigrantes, dado el aumento de la delincuencia y la violencia.

Parte del cumplimiento de López Obrador adoptó la forma de silencio. Se gestó una crisis humanitaria en la región fronteriza de México, pero el Presidente siguió accediendo a las políticas que la crearon. Estados Unidos impuso políticas de separación familiar y confinó a los niños en jaulas, pero el Presidente no dijo nada. Las autoridades de inmigración estadounidenses realizaron redadas y deportaron arbitrariamente a mexicanos, sin provocar comentarios del Presidente. Y el sentimiento contra los mexicanos creció en Estados Unidos hasta culminar en crímenes de odio como la matanza de El Paso en 2019. No obstante, López Obrador miró hacia otro lado.

Lo hizo a cambio de que Trump no reparara en el retroceso democrático en México. Al frente de lo que llama la “Cuarta Transformación”, López Obrador ha desmantelado los equilibrios de poder y ha debilitado a las instituciones autónomas del país. Ataca de ordinario a los medios de comunicación y a la sociedad civil y controla discrecionalmente el presupuesto. Algunas de sus políticas refuerzan la militarización de la seguridad pública. En general, el Presidente mexicano parece decidido a empujar a su país de regreso a una era de gobierno de partido dominante.

Debido a que México carece de una oposición cohesionada, el sueño de López Obrador de ejercer un control centralizado parece a punto de convertirse en realidad. El Presidente ha manejado mal la crisis del covid-19, con lo que ha producido una recesión económica catastrófica, pero su popularidad permanece intacta. Incluso ha afirmado que la pandemia le cayó “como anillo al dedo”, porque la emergencia le permitió tomar medidas antidemocráticas excepcionales que quizá habrían encontrado resistencia en tiempos más normales.

Trump y López Obrador compartían algunas afinidades obvias. Se inclinan a desacreditar a los medios de comunicación, insultar a los líderes de la oposición, 

etiquetar las críticas como “noticias falsas”, evitar el uso de cubrebocas y minimizar la amenaza del covid-19. El dirigente mexicano elogió a su homólogo estadounidense calificándolo como “verdadero líder”, lo comparó con Abraham Lincoln e incluso viajó a Washington dc, en medio de la pandemia, para respaldar la candidatura de Trump a la reelección presidencial y alabar su respeto por la soberanía de México. La relación fue tan amable que cuando Estados Unidos arrestó al general Salvador Cienfuegos, Exsecretario de Defensa mexicano, por cargos de narcotráfico, López Obrador convenció a Washington de que devolviera al General a México. La DEA había acumulado durante 5 años pruebas contra Cienfuegos, pero el Fiscal General de Trump solicitó que la fiscalía abandonara el caso. El gobierno de México celebró el regreso del militar como un triunfo de los estrechos vínculos entre amigos.

Tal conversación ha cesado con el cambio de gobierno estadounidense. El Presidente mexicano, que hace poco hizo hincapié en la amistad, ahora parece dispuesto a envolverse en su bandera nacional y defender el honor de su país, que considera amenazado. Las razones de este cambio abrupto son tanto personales como políticas. López Obrador no teme a Biden como temía a Trump. Y así, un discurso de soberanía nacional y antiyanquismo, políticamente calculado, es más útil que costoso. Con él, puede aglutinar su base antes de las elecciones de mitad de periodo de julio de 2021, cuando estarán en juego quince gubernaturas y el control del Congreso. Puede convertir a Biden en un obstáculo y una distracción de la profunda recesión económica de México y los estragos del covid-19.

Pero dejando de lado los imperativos políticos que alimentan la divergencia de López Obrador con Biden, algo más profundo está en juego. La visión nacionalista, cerrada y menos globalizada del Presidente de México contradice el espíritu con el que se concibió el libre comercio. En su mejor momento, el TLCAN reforzó la estabilidad política y el desarrollo económico en México; lo ayudó a vacunarse contra los cambios de política pendulares y los conflictos con Estados Unidos. Con el acuerdo se pretendía reconocer y promover la integración, un objetivo en el que López Obrador ha reculado para, en cambio, impulsar el regreso a un modelo económico introspectivo que recuerda a la década de 1970. El polémico giro de López Obrador amenaza con descarrilar gran parte de lo logrado en las últimas 2 décadas, y Washington debería prestar atención.

ESCOGER SUS BATALLAS

Hace 2 años, López Obrador firmó una versión renegociada del TLCAN conocida como el Tratado México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). Pero muchas de las políticas del Presidente van en contra de las disposiciones del Tratado y del objetivo más amplio de relacionarse con el mundo. En Ciudad de México se iba a construir un aeropuerto internacional que serviría como centro de operaciones y distribución latinoamericano, pero López Obrador puso fin al proyecto. Ha tratado de garantizar que los monopolios estatales sigan dominando el sector energético mediante la revisión de los contratos de gas con inversionistas extranjeros y el control de los reguladores autónomos de energía, entre otras medidas. Como resultado, entre los mercados emergentes México ha perdido atractivo para los inversionistas. El crecimiento económico del país se estaba desacelerando ya antes de la pandemia. Ahora, se prevé que el pib se contraiga un 9% en 2021, conforme miles de empresas cierran y millones de puestos de trabajo desaparecen.

López Obrador bien puede anticipar que los Estados Unidos de Biden lo criticarán por el comercio y otros temas. El Presidente mexicano seguramente preferiría no enfrentar el escrutinio por su historial de derechos humanos y libertad de expresión, y mucho menos por su incumplimiento de las normas laborales estipuladas en el T-MEC o las cláusulas de libre comercio de energía. Si acaso el gobierno de Biden decidiera presionar a México en tales asuntos, López Obrador denunciaría la “intervención imperialista” y desviaría la atención hacia su enfrentamiento con el Presidente estadounidense.

Ciertamente, desde hace algún tiempo se han estado gestando problemas en la relación comercial y de seguridad de Estados Unidos con México. López Obrador prometió al gobierno de Trump que México investigaría a Cienfuegos a su regreso al país, pero luego rompió su promesa e incluso divulgó archivos confidenciales sobre el caso que le había proporcionado la DEA. El Departamento de Justicia envió una enérgica carta de condena. Tres miembros salientes del gabinete de Trump adoptaron un tono igualmente áspero en una carta en la que condenaban a México por socavar los compromisos comerciales en el sector energético. En respuesta, López Obrador ha insistido en que México tiene el derecho soberano de determinar las políticas internas, a pesar de sus obligaciones conforme al T-MEC. Su tono no ha sido colaborativo ni consensual, sino beligerante.

El enfrentamiento de México con la DEA y las agencias de seguridad de Estados Unidos significa problemas para la cooperación en las áreas cruciales de seguridad y tráfico de drogas. El ejército mexicano ha llegado a actuar con una autonomía cada vez mayor y con un control o responsabilidad civil cada vez menor. Este ejército mexicano empoderado se resiste a trabajar con las agencias de inteligencia estadounidenses, quizá porque tiene vínculos con los cárteles de la droga y busca proteger a sus altos funcionarios de la justicia. La reforma de la Ley de Seguridad en México, que aumentará los controles sobre el trabajo de los “agentes extranjeros”, limita aún más la capacidad de los agentes del orden de Estados Unidos para operar y compartir información. El resultado es que Washington ve cada vez más a México como un socio poco confiable en una serie de rubros importantes.

UN CONFLICTO ANUNCIADO

La agenda de Biden en Latinoamérica parece comenzar con la inmigración. Ya ha anunciado un plan de seguridad y ayuda económica diseñado para abordar las causas fundamentales que orillan a la gente a huir hacia el norte. Sus otras prioridades son reconstruir puentes con Cuba, abordar la crisis humanitaria en Venezuela e intentar promover la democracia y los derechos humanos en la región mientras combate la corrupción. México no parece figurar como una de las principales preocupaciones.

Pero muchos de los ambiciosos planes de Biden, en particular con respecto a la inmigración, requerirán una amplia colaboración con México en un momento en que parecen correr malos vientos entre ambos países. El nuevo gobierno puede verse atrapado en la incómoda posición de solicitar la ayuda de México para detener el flujo de caravanas centroamericanas, incluso mientras se enfrenta a López Obrador en temas como la democracia, los derechos humanos, las normas laborales y el cambio climático. Si Biden decide intercambiar cooperación en inmigración por silencio sobre otros temas problemáticos, estará repitiendo el libro de jugadas de Trump y permitirá que los problemas se agraven.
Muchas de estas dificultades se han agudizado durante el último año. México

tiene una de las tasas de letalidad por covid-19 más altas del mundo. La pandemia se agrava en un país que comparte una frontera porosa de más de 3000 kilómetros con Estados Unidos, y pasa otro tanto con la violencia: en 2020 se registraron 35 000 homicidios, la cifra más alta en toda la historia de México. López Obrador respondió empoderando a los militares a expensas de la cooperación de seguridad bilateral. Los confinamientos han exprimido la economía del país, pero el gobierno se ha negado a aplicar políticas presupuestales para mitigar el daño. Y López Obrador parece más decidido a resucitar una economía basada en el carbón y el petróleo que a presionar para que el país aborde los imperativos del cambio climático.

No obstante lo anterior, el equipo de Biden parece ajeno a la regresión democrática, la debacle económica y la pandemia descontrolada en México. El gobierno ha designado a Cuba y Venezuela como países de interés y realizó declaraciones públicas centradas ante todo en Centroamérica y en cuestiones migratorias y de asilo. Pero México sigue siendo un peligroso punto ciego. El populismo nacionalista de López Obrador y el riesgo que representa para la democracia, el cambio climático y la lucha contra la corrupción están sorprendentemente ausentes de una agenda que —cabe suponer— prioriza tales preocupaciones. Estados Unidos necesita una política de México diseñada para controlar los peores instintos de López Obrador y traerlo de regreso al redil norteamericano para asegurar un vecino política y económicamente estable.

Jeffrey Davidow, Exembajador de Estados Unidos en México, una vez comparó la relación entre los dos países con la de un oso y un puercoespín. Estados Unidos se cierne sobre México, y decide a veces fanfarronear y otras hibernar y retirar su atención por completo. Hipersensible a la interferencia de Estados Unidos, México siempre está listo para mostrar sus púas. La relación entre Estados Unidos y México tiene ramificaciones de peso para el comercio, la seguridad, las drogas, la energía e incluso la salud, y el gobierno de López Obrador busca contrarrestar las prioridades de Biden en casi todos los frentes. Si Biden no encuentra la manera de restablecer la relación, Estados Unidos y México volverán a sumirse en un patrón de negligencia, marcado por conflictos: una política renovada de puercoespín que sacará sangre de ambos países, en medio de una pandemia que exige soluciones colaborativas, no instintos animales.

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